Se pasó la noche meditando, sumido en la penumbra de una habitación cualquiera. A su izquierda, la luz bailarina de una vela aromática se apagaba poco a poco, dejando tras de sí bocanadas de olores orientales, facilitando la evasión. De vez en cuando cerraba los ojos y llegaba a rincones fugaces, maravillosos recovecos de un mundo que quizás no era el suyo. Cambiante, como un soplo de viento; veloz, como el fulgor de un relámpago; poderoso, como el bramido de las olas rompiendo contra las paredes de un acantilado; y libre, libre como nunca.
Luego abría los ojos y se daba de bruces con el duro cemento que es la realidad. Seguía en aquel sofá, cabizbajo, con la exótica fragancia todavía danzando en el aire. Un cúmulo de acontecimientos, de problemas, de inseguridades y miedos, de deseos incumplidos se apelotonaba entonces en lo más profundo de su ser. Tan desbordante era que anegaba sus adentros, dejando salir por sus doloridos ojos un torrente de lágrimas.
Y así, llorando, pasó la noche. Y el día llegó y pintó el cielo de rosa y naranja, de luz y de belleza. Pero la profunda maleza de las incógnitas le impedía apreciar el millón de matices del amanecer.